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sábado, 13 de agosto de 2011

UNA HISTORIA DE TESOROS DE LA BARRACA DE LOS CHINOS






La Barraca de los Chinos, Jorge, es un lugar encantador a la orilla misma del estero del Rancho o de Bellavista como prefieras llamarle.

El sitio era un paraje muy aislado, que conocíamos sólo unos cuantos vagos, pero ahora es bien fácil llegar a él porque quedó justo a la vera de la nueva carretera de libramiento que conduce, como dijo un socarrón, de la nada a la nada.

Un detalle muy curioso de La Barraca es que existe allí un pocito que casi a flor de tierra ofrece una agua bien dulce y abundante, ¡justo pegado al mar!.

Pues bien, esa Barraca famosa tiene su que sé yo, como decían las viejas chismosas de antes. Allí fueron asesinados por los yaquis don José María Sánchez y su trabajador apellidado Mízquez.

A mí no me lo crean, pero dicen que allí existe enterrado un tesoro muy grande, que tiene el pequeño inconveniente que es vigilado por un monje vestido de severo hábito negro y de mirada y actitud fieras, y así de plano yo no le entro, como dijo la Chayona.

Lo cierto es que Luis y Pedro, dos muchachos hermanos, vecinos de San José de Guaymas, se turnaban para cuidar un ganadito en La Barraca.

Pedro, creyendo a pie juntillas el cuento de que yo soy buscador de tesoros, un día me buscó para invitarme a que le acompañara a “echar el aparato” en el sitio donde veía de vez en cuando una lumbrita.

Como los tesoreros flojos, tal cual el difunto Ubaldo, yo le pretextaba: ¡Luego que refresque un poco porque está haciendo mucho calor…! o bien ¿Luego que no haga tanto frío…!

Luis, como yo, tiraba a “lucas” a su hermano, hasta cierto día en que logró ver también el extraño fenómeno. Vinieron entonces a verme los dos, y puesto que en aquel octubre hacía un clima delicioso no hubo pretexto válido.

El punto “X” estaba en una cuevita en lo alto de un cerro espantoso. No me acometía aún el enfisema que ahora me mata, por lo que a tirones y jalones, cargando con mis 120 kilos, llegué al lugar.

En realidad no era uno sino siete pequeños socavones. Nada me importó: me calenté y comencé a prospectar como en mis mejores tiempos. En el piso terroso de una de las cuevitas el aparato marcó con fuerza. Todo aquello estaba lleno de viejísimos fierros hechos casi polvo por los siglos.

— Aquí no podremos hacer nada, sentencié, porque necesitamos una criba para pasar la tierra.

Luis entonces me quitó las llaves del carro y descendió casi corriendo. En un tiempo que me pareció increíble fue a San José, regresó y subió el necesario cedazo.

Despacio comenzaron ellos a palear la tierra y yo muy trucha a lo que pudiera verse. Luego, entre la tierra y el metal me pareció descubrir muy pequeños trozos de lo que parecía cuero; tal vez, dije, una talega o una víbora. Los chavalos temblaban de emoción como yo.

De pronto saltaron por el tenso alambre de la criba las dos primeras monedas: hermosísimas piezas de 8 reales de plata, fechadas entre los años 1646 a 1690.

Fueron 36 por todas en pefecto estado de conservación. Allí no hubo gandalla que sacara pistola y se “quebrara” a los demás. Me pidieron ellos, acaso reconociendo mi liderazgo, que hiciera a mi leal saber y entender, las partes y como hermanitos nos repartimos en santa paz nuestro tesorito: 13 hermosísimas monedas coloniales, cuadradas y trinagulares, para cada uno…

Agregaré, sin embargo, que el tesoro grande de La Barraca, según se sabe, allá está aún, esperando al aguerrido grupo de “tesoreros” que lo rescate. Por supuesto que tendrán que vérselas con el gruñón monje vestido de negro, pero esto son pequeñeces para hombres de pelo en pecho de esos que les gusta buscar lo que no han perdido.

Por lo que hace a mí, usando la jerga política en boga diré que declino, y concluiré agregando, como el difunto Quesero Rubio: ¡mi parte se las regalo…!

(- esuebioosuna)


Esta historia la tome de una pagina "Expresión Guaymas".





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